Tengo la hipótesis de que el amor se comprende mejor en el sufrimiento que en el placer. Las preguntas que solemos formular al respecto, considero, están mal planteadas. No es: "¿por cuánto tiempo voy a amarte?", sino más bien: "¿cuánto estoy dispuesto a sufrir por este amor?".
Cuando nos encontramos llenos de alegría y estabilidad, la pregunta por el sentido no emerge. Sin embargo, en el momento en que el sufrimiento y la tristeza irrumpen de forma violenta, aparece la verdadera interrogante: ¿vale el tiempo y la pena luchar por una relación que ahora se muestra fragmentada por los defectos de cada uno y por actitudes tan disímiles como irreconciliables?
Pensar el amor únicamente desde el placer —algo comprensible— y no desde la capacidad de resistencia a la frustración conduce, inevitablemente, al deterioro del sentimiento. La idealización del goce nos vela la posibilidad de comprender que el amor es dual, que no hay rigidez ni un camino perpetuo de felicidad.
En el amor se sufre. Y el sufrimiento no es una tragedia ni un error de fábrica; es, más bien, esa dosis de verdad que emerge paulatinamente en el encuentro de dos seres que, en el proceso, aprenden a entenderse y, en última instancia, a aceptarse.